Hubert tuvo que cambiar su carácter tan áspero y petulante cuando empezó a cortejarme y a insistirme de que yo era el amor de su vida. Con el horrible proceder que él tenía, obviamente, de gritarme, darme un empellón, insultarme o tratarme como a una mujerzuela, no iba a conseguir nada excepto que yo le metiera un puñete en la nariz, sin dudar, y él lo sabía. Por eso apenas inició la tarea de hacerme la corte, empezó a tratarme con mucha dulzura, cortesía, me hacía mimos y cuando estábamos f