Estaba viendo la noche estrellada de Sao Paulo desde la terraza de mi hotel, cuando se me aceró un tipo. -¿La señora Monroe?-, me preguntó el fulano bastante elegante, de buenos modales, jovial y la mirada vivaracha.
-Sí, así es. ¿Qué desea?-, bebía yo indiferente una deliciosa caipirinha.
-¿Moe Warren es su amante?-, me preguntó.
-Depende-, me puse a la defensiva. Eran dos cosas, o aquel tipo era un mafioso o alguien de la policía. Era obvio. Mi matrimonio con Moe fue en estricto