Warren no quiso vivir a mi lado, tampoco, en Rancho Monroe. Él estaba acostumbrado a su apartamento, en el penthouse de un hotel en el centro de la ciudad, y no deseaba ataduras conmigo. -Nuestro matrimonio es simplemente un convenio-, me recordó él cuando le pedí que viviera a mi lado.
Malaya, malaya, malaya, estando lejos de él, yo no podría seguir sintiendo esas emociones de compartir la vida de un mafioso que era, en buena cuenta, lo único que me importaba en ese romance de película.