—Marta, le rogó, déjame ir a ayudar a mi hermano, — suplicó ella, con desesperación en sus ojos.
En un bote a mitad del río, una anciana acompañaba a una joven. Eran nada menos que madre Serpiente y Marta.
—Chica, aunque tu talento es asombroso, has entrenado poco tiempo. No eres una maestra aún, ni remotamente el rival de Ximeno. Deberías buscarte otro amante, — respondió madre Serpiente, negando con la cabeza mientras observaba atenta a Marta.
—¡Juan, esta vez no te escaparás de la muerte! — p