—¿Tú? ¿Con qué derecho te crees capaz de ganarte el favor del señor González? Yo soy quien debería postularse para ser su discípulo.
—¿Tú? ¿Y quién te crees tú? Apenas tienes lo necesario para servirle de portero, y ya eso sería mucho decir.
—¡Pues de portero estaría feliz de servirle!
En ese preciso momento, los numerosos maestros de artes marciales que se encontraban presentes finalmente comprendieron algo: aunque el señor González era joven, su fuerza era incomparable, capaz de superar a cual