Quirino, al ver la situación, apretó los dientes y salió de debajo de la mesa, corriendo también hacia el frente de batalla.
—¡Quirino, ¿qué haces?! ¡Vuelve aquí! —abuela Abarca casi se desmayó de la impresión.
Quirino se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa decidida: —Abuela, soy un hombre de Luzveria, y también tengo el deber de defender mi patria.
—¡A la carga!
Tras gritar esto, se volvió y se lanzó con gran determinación hacia el combate.
En el estrado, Juan miró a Werner sin prisa alguna y