En el pequeño pueblo al pie del Panteón de los Ángeles, Rosa estaba sentada muy cómoda en el auto, mirando el reloj de vez en cuando y observando el exterior del vehículo.
En ese momento, Marta se acercó al coche.
—Presidenta, ¿está bien? ¿Por qué tiene los ojos tan rojos? —Rosa no pudo evitar preguntarle.
—No es nada.
Marta se frotó rápidamente los ojos y forzó una ligera sonrisa: —Debe ser que me entró algo de arena en los ojos.
Cambiando al instante de tema, preguntó: —¿Cuánto falta para que