De repente, Raimundo gritó con fiereza: —¡Venancio!
—Aquí estoy, patriarca— respondió tembloroso un anciano con aspecto de mayordomo de la familia Ortiz.
—¿Has averiguado la identidad de ese tal señor González? —Raimundo lo miró fijamente, con los ojos enardecidos.
El cuerpo de Venancio tembló y, con un golpe seco, cayó con humildad de rodillas al suelo. —Lo siento mucho, pero aún no hemos podido descubrir quién es.
—Si ya sabes que no sirves para nada, ¿por qué mejor no te mueres de una vez?
Ra