La mujer de blanco permaneció en absoluto silencio, clavando la mirada en Juan. Mientras tanto, el enorme charco de sangre bajo sus pies comenzó a expandirse, y una neblina rojiza se levantó, envolviendo a Juan en una atmósfera densa como si un espeso velo de niebla hubiera descendido en ese momento sobre el lugar.
—¡Juan! ¡No bajes la guardia! —advirtió de repente el hombre que había estado charlando con él durante la cena. Su voz grave y preocupada resonó en el aire—. Esa mujer no es una apari