—¡Incluso el famoso señor González de Crestavalle tendría que huir si se enfrentara a los cuatro juntos!
—Soy yo. Juan respondió con altivez.
Ante esas palabras, los cuatro se miraron entre sí con incredulidad.
—¡Ja, ja, ja, no puedo parar de reír! ¿Estás en Puerto Lúmina y dices que eres el señor González? Ja, ja, ja, ¿sabes qué? Si alguien más te oyera, en menos de cinco minutos tendrías a una docena de guerreros persiguiéndote.
—Ja, ja, ja, me da igual, no tienes idea de lo que dices. Te lo p