—Hermana…— Juan miró de reojo a Marta, cuyo aire había cambiado tanto, con una expresión sumamente compleja.
—¡Pierdrita, maldito! ¿Cómo es posible que nunca me dijeras que eras tú, Pierdrita? —exclamó Marta con enfado.
—En ese entonces, no me creías en nada de lo que decía. Además, ¡ya nos habíamos divorciado! Y, para colmo de males, en ese momento ni siquiera sabía que tú eras mi hermana, —contestó Juan, rascándose la cabeza con cierta incomodidad.
Al escuchar esto, Marta se ruborizó de inmedi