En la habitación principal de la mansión King, el tiempo parecía haberse detenido. El aroma de la pasión aún flotaba en el aire, mezclado con la fragancia a jazmín que siempre desprendía la piel de Aurora. Alexander la mantenía estrechada contra su pecho, sintiendo los latidos del corazón de ella acompasarse lentamente con los suyos. El sol ya bañaba por completo la estancia, pero ninguno de los dos tenía prisa por enfrentar el mundo exterior.
—Podría quedarme así toda la vida, pequeña —susurró