Abril, 28.
Lentamente la somnolencia abandona mi cuerpo, mis ojos dejan de pesar y los abro de a poco. Pestañeo un par de veces para acostumbrarme a la nueva claridad que llena la habitación de mi hija. Mi cuerpo está aplastado por el de mis dos acompañantes que duermen de una muy terrible manera.
No me sorprendo en absoluto al ver la cabellera rubia de Damián sobre mi pecho, pues vagamente y sin mucha claridad, recuerdo qué fuí yo misma quién le pidió acostarse a mi lado y aunque no lo hizo de