Me dejé caer sobre la arena, sintiendo la frialdad de los granos filtrarse entre mis dedos, pero ni siquiera eso lograba apaciguar el torbellino en mi pecho. El mar oscuro se extendía ante mí, sus olas rompiendo contra la orilla con una cadencia monótona, casi burlona. La brisa nocturna agitaba mi cabello, pero no me refrescaba, no aliviaba la sensación de asfixia que se apoderaba de mí desde que Leonardo soltó aquellas palabras.
"Tal vez tu amante no es la persona a la que le debes la vida."
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