—No... no sé de qué hablas. Solo lo dije por inercia —responde ella.
Y entonces, sonrío. No lo hago por burla ni por superioridad. Sonrío porque la reconozco. Porque esa negación repentina, casi torpe, es tan... ella. Esa manera de negar con la voz firme mientras sus ojos cuentan otra historia. Esa forma de escapar con palabras cuando la memoria —o el corazón— la traiciona. Dice que lo dijo por inercia. Pero yo escuché la grieta en su voz. Pequeña. Frágil. Como si algo en su interior dudara de