El frío de la mañana me despierta antes de lo esperado. Me remuevo ligeramente, buscando el calor, y entonces lo siento. Algo fuerte, sólido y cálido me envuelve. Es un refugio involuntario, un escudo contra la frialdad de la madrugada.
Por un instante, me abandono en esa sensación. Es reconfortante, demasiado. Casi olvido la realidad. Pero cuando mis sentidos se despiertan por completo, el pánico se apodera de mí.
Mi respiración se vuelve errática, mi piel se eriza, pero no por el frío. Estoy