Cuando Aye se gira para ver a sus amigas, se encuentra que ambas estaban moqueando. Las dos sostenían pañuelos contra sus narices y sus mejillas mojadas por las lágrimas. Aye abre la boca sin poder creer lo que veía.
—No digas nada —le advierte Bonnie.
—Es muy duro —solloza Kansas.
Aye solo se siente entre sus amigas y deja que sigan llorando, sabía bien que no era solo la vídeo llamada de su familia lo que había hecho que esas chicas estuvieran así, sino también el hecho de estar lejos de s