Llegó a su habitación y cerró fuertemente la puerta. Se rió hasta que le dolió la panza. Respiró hondo varias veces y comenzó a tranquilizarse. Lo que había sucedido era grave, pero ella tenía la mala costumbre de reírse cuando se ponía nerviosa y ver a Piero allí, todo enojado, frustrado, la puso con los nervios de punta. Por suerte él no se dio cuenta que ella estaba al borde de las risas. Solo esperaba que toda la situación de las amenazas, los intentos de secuestros, pasase pronto.
Ya estab