Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia.
Suspiré en cuanto nos separamos. Nos miramos. Noté mandíbula tensarse. Sus ojos azules intensos parecieron brillar. Sus labios se entreabrieron un poco, pero no dijo nada; con una mano en mi cintura, me guio hacia las escaleras arriba. Cada paso que daba se sentía urgente, pero también tembloroso, por mi necesidad de ser tomada por él y el miedo que persistía. Llegamos al pasillo, lo miré, él me barrió con la mirada, y me indició con la cabeza la puerta a la derecha. Mis dudas iban y venían, pero no podía detenerme. Ambos caminamos hasta allí. Su agarre en mi cintura se apretó justo cuando entramos. Era una habitación enorme, y… No me dio tiempo de seguir viéndola, porque todo se volvió oscuro al apagar la luz. Me ericé cuando me di cuenta de que ni siquiera había una ventana, cualquier cosa para verlo o… —Confía en mí. Su voz grave pero electrizante me hizo jadear. Confiar en un hombre… De nuevo. Pero esta vez, alguien desconocido, alguien en el que no guardaba esperanzas ni ilusiones como lo había hecho con Lucius. Pasé la lengua por mis labios al sentirlo frente a mí. Sus manos se posaron en mi cintura, y ascendieron en una peligrosa lentitud. Para cuando llegó a mi cuello, y ambas manos lo rodearon, acariciando a la vez con sus pulgares mis mejillas, mi núcleo ya estaba empapado. —Puedo… ¿Saber su nombre? Mi respiración pesada y caliente chocó con su rostro, lo sabía. Estaba muy cerca. Su mano derecha quitó mi máscara, la escuché caer al suelo. —Leo —respondió con voz ronca. No lo conocía. De ningún lado. Su aliento golpeo en mi cara, mis manos tomaron vida. Estaba temblando. Con torpeza logré llegar a su pecho, y deslicé mis manos hacia esos labios que quería probar. Su aliento caliente junto a un poco de saliva en mis dedos, me hizo jadear. —Leo —repetí saboreando su nombre. Al segundo siguiente encontré la tira de su máscara y me deshice de ella. No me dio tiempo de tocarlo mejor, porque se lanzó sobre mí, con hambre. Sus labios tomaron los míos mientras una mano se mantenía en mi nuca presionándome a él y la otra mano bajó por mis oblicuos donde estaba el cierre; lo bajó como si fuera un experto, pero en lugar de deslizar una mano dentro, siguió deslizándose por fuera hasta llegar a mis nalgas, apretó, y jadeé entre nuestro beso. Era adictivo. Como ninguna otra cosa que hubiera probado antes. El sabor de su whisky estaba presente. El corazón me palpitaba en la garganta. Apreté el cabello de su nuca, sacándole un sonido ronco que lo apartó de mí. Jadeando, y con mi cuerpo buscando acercarlo, sentí cómo fui cargada como una novia, por lo que solté una queja aguda. —Tengo que ser sincero con usted, señorita Everhart —su voz resonó en la habitación. Sentí el colchón en mi espalda, su cuerpo sobre el mío, mi mano viajó hacia donde debía estar su cara, pero no estaba allí, estaba abajo—. Estuve imaginando, cada minuto, la forma de quitarle este vestido. Mi núcleo palpitó, y sentí de repente el aire frío sobre mi piel. Mis vellos se erizaron. Lo había quitado de un tirón. No llevaba ropa interior. Y solo palabras pertenecientes a mi espíritu primitivo, salieron: —Ahora que lo ha hecho, ¿qué más imaginó hacerme? Esto no involucraba mi corazón. No tenía que temer. Escuché la hebilla de la correa, me tensé, teniendo un recuerdo amargo, pero la escuché caer al igual que el resto de la ropa y respiré. Luego sentí su piel desnuda sobre la mía, y su polla golpeando mi piel. Estaba tan caliente, necesitaba recibirlo, todo. —Ya lo sentirá… Luego sentí sus labios rozando mis pezones. Me removí y contuve el jadeo cuando esta barrió y dejó saliva en cada pezón hasta hacerlos demasiado sensibles. Intenté apretar las piernas, pues el calor era insoportable, y entonces descubrí que una de sus piernas estaba entre las mías, la otra estaba fuera, y sentí su polla en mi muslo, estaba vez más dura. Mientras adoraba mis pezones con su lengua, su mano viajó a mi cadera, acariciando, llegó a mi abdomen bajo, temblé, y entonces pasó la lengua desde el centro de mis pechos hasta mi mentón. Me incliné hacia abajo y tomé sus labios. Sabía que me iba a arrepentir de esto, así que tenía que huir. Esto no podía volver a repetirse. Durante el beso apasionado y salvaje, su mano se deslizó por mi vagina, encontrando mi clítoris. Lo presionó, gemí, él mordió mi labio, pasó la lengua por ellos y luego continuó besándome mientras seguía estimulándome. Los segundos se volvieron minutos. Me estaba torturando, sin duda. Sentí que perdía la cordura cuando dos de sus dedos comenzaron a deslizarse de arriba abajo, tentando a penetrarme. Estaba tan sensible. Dejó lo que estaba haciendo y palmeó el costado de mi nalga. Me quejé y se separó de nuestro beso. —Está tan mojada. Quiero follarla sin condón. Que no omitiera sus pensamientos, me excitaba más. —Entonces hágalo. Quiero sentirlo todo. Él pareció dudarlo, casi pude ver cómo tiró el condón a un lado. —No debería haberlo pedido… Y luego, comenzó la verdadera tortura. Se acomodó entre mis piernas, haciéndome subirlas a la altura de su pecho, rodeándolo, se inclinó y sentí su polla caliente frotarse conmigo. Goteaba cada vez más. Mis gemidos aumentaron, y empecé a mover las caderas en busca de más. Mis manos se mantuvieron en las sabanas, apretando, hasta que sentí la punta abriéndose paso en mi interior. Leo tembló, soltó una maldición baja mientras yo solo podía respirar profundo. Era grueso, muy grueso. No me recuperaría de eso pronto. Mis dedos tensos encontraron sus labios y él los atrapó en su boca, chupándolos. Lo sentí como un latigazo en mi núcleo, y envié mis caderas hacia abajo, haciéndolo penetrarme un poco más. Ambos gemimos. Él se inclinó más. —Te sientes mejor de lo que imaginé. Su tuteo repentino, me desarmó. —Leo —llamé con un gemido y el corazón acelerado. Y con una estocada se hundió por completo en mí. Temblé por el dolor, por el calor, por el éxtasis. Su respiración pesada golpeó mi cara, sus labios me tomaron, y lentamente comenzó a moverse. Una vez que mis piernas buscaron apretarlo, él lo entendió. Estaba lista. Quería que me diera lo que había imaginado. Y se volvió una máquina imparable mientras mis gritos resonaban en la oscura habitación. Sus manos incontrolables tocaron mis senos, mi clítoris, y mis orgasmos iban y venían, sacándole gruñidos animales. No le pertenecía. No estaba enamorada. No estaba ilusionada. Y solo sería esta noche. De espaldas, con las manos en el espaldar de la cama, empapada de sudor, volví a recibir su gruesa polla. Tomó mi cabello rizado, recogiéndolo en puño, se inclinó, murmuró. —¿Así es como imaginaba que la follaba mientras me miraba, señorita Everhart? Gemí, cada estocada me hacía ver la luz que hacía falta a nuestro alrededor. —Es mejor… ¡Es mejor, Leo! —Di mi nombre de nuevo. —¡Leo! —Palmadas atacaron mis nalgas, mi cuerpo temblaba y respondía a cada toque—. ¡Leo! Besó mi oreja, se hundió con tanta fuerza y tan rápido que grité, como un último aliento de vida. Eso me dejó mareada y con el coño ordeñándolo. Sentí su semen llenarme mientras seguía besando mi oreja y mi mejilla empapada. Se sentía tan exquisito. No quería que se retirara. Ni su polla ni el calor de su piel. Lo había disfrutado tanto. Con un último sonido ronco, salió de mí. Acarició mis nalgas al hacerlo. Mi piel se erizó más. Lo sentí moverse un poco, alejándose de mí, y me moví también, volviendo a estar boca arriba, aunque el cuerpo entero me dolía. Me había tomado, con fuerza. Escuché su respiración. Y comencé a pensar lo que debía hacer ahora. —Buscaré algo para limpiarla. Vi una luz encenderse. Mis ojos se abrieron en grande al verlo de espaldas contra la luz, era… algo hermoso de ver. Lamentaba no haber tocado esas nalgas lo suficiente. La luz se apagó justo antes de que pudiera ver su rostro. Y comencé a pensar en que… Él no quería que supiera su identidad. Sin embargo, apenas recordé… Que Karen me había dicho que íbamos a la fiesta de un amigo de nuestro director en la Academia, el cual también era un completo misterio para mí. Ella no dijo en ningún momento el nombre de “Leo”, pero alguna persona abajo en la fiesta debía saber sobre él, entonces, ¿por qué estaba ocultándose? No tenía que preocuparme. Esto era algo de una noche. Lo sentí volver. Y cada caricia suya limpiándome me hizo sentir incluso más expuesta que cuando estaba gritando su nombre. Justo antes de que se alejara, tuve el impulso de hablarle, pero no para decir lo que se suponía que tenía que decirle. —¿Por qué no enciende la luz? —cuestioné. Casi podía escuchar mi corazón palpitar. Demonios. Debí haberle dicho que necesitaba mi ropa. —Debo mantener mi identidad oculta. Pero pronto me verá cara a cara, lo prometo. Sus palabras se escuchaban sinceras, pero no tenía que interesarme. —¿Podría salir de la habitación? Necesito cambiarme. No sonaba afectada, sonaba indiferente. Lo escuché suspirar. Lo escuché tomar sus cosas por la hebilla de la correa. Escuché el chirrido de la puerta abriéndose y la luz filtrándose. Pero justo antes de irse, habló de nuevo. —Se lo prometo. No dije nada. La luz se encendió y al mismo tiempo lo vi salir de la habitación. Y me miré allí, desnuda, exhausta de tanto placer, en la habitación de un hombre que me había hecho ver las estrellas, pero solo a través de un telescopio. Mi corazón se apretó de dolor porque había estado convenciéndome de que no importaba, pero lo hacía. Sentí rabia conmigo misma. Jamás volvería a darle mi cuerpo, porque si lo hacía, me expondría demasiado. Iba a arruinar lo que tanto me había costado forjar. Así que era mejor alejarme. Para siempre. En cuanto estuve fuera con la luz golpeando mi piel, bajando las escaleras, encontrándome con la multitud, me sentí… expuesta. Llegué cerca de la sala principal, y sentí una mirada. Debía ser él. Y me debatí en sí mostrarme débil, huir, o solo fingir unos minutos más que todo estaba bien conmigo. Por mi bien, decidí que lo primero. Caminé al pasillo de salida, con el mentón en alto. Busqué la casilla, coloqué el número que me habían dado al entrar, saqué mi cartera y salí, con el peso de nuestro encuentro y mis miedos sobre mis hombros. Al entrar al auto, mis manos comenzaron a temblar. Apreté el volante, respirando con fuerza. Giré al sentir la mirada sobre mí. Y lo vi, en la puerta, mirándome. Aceleré. Tenía que ir a una farmacia para conseguir una pastilla de emergencia. Lo que había pasado en esa fiesta de disfraces, solo sería un agridulce recuerdo. O eso pensaba...






