Mi verdugo pide clemencia. "Su hermano me hizo renacer."
Mi verdugo pide clemencia. "Su hermano me hizo renacer."
Por: Vox Cor
No sería una víctima.

Anastasia.

Mi mirada se alternaba entre la pista de baile, donde gente poderosa con trajes venecianos danzaba, y aquél hombre de cabello rubio, ojos azules, que no dejaba de mirarme desde la distancia.

Mi cuerpo se sentía electrificado. No debía ser así, tomando en cuenta que era un desconocido, pero había pasado tiempo desde la última vez que alguien me había hecho sentir algo, y esos ojos… y sus labios, me tenían hipnotizada.

Demonios. Era una lástima que tuviera el resto de la cara cubierta con esa máscara dorada que resaltaba su imponencia; alto, de hombros anchos, sensual dentro de ese traje negro cromado. Era el tipo de hombre que no pasa desapercibido aunque lo intente.

Y aunque no solía fijarme en esos detalles, quería hacerlo con él.

¿Por qué? No lo sabía.

Pero estaba mal. No podía enredarme con nadie. Me había costado mucho mantenerme como una instructora común en una Academia de Londres, ocultando el hecho de que en realidad era Stacy.

Una mujer misteriosa que con su arte en la pintura había revolucionado el mundo del arte.

Mis mejillas ya estaban demasiado calientes por su mirada cuando decidí finalmente beber un mojito.

Mantuve los ojos fijos en el hombre cuando di un sorbo, pero mi mano estaba temblando. Tragué con dificultad.

Él podría ser un acosador, un asesino o algo como mi pasado. No debía tener las piernas hecha gelatina por su profunda mirada.

Casi di un brinco cuando mi amiga Karen se acercó.

—Mi niña, tiene fiebre, la niñera dice que no para de llamarme. Me tengo que ir.

Tras darle una mirada de comprensión, me despedí de ella. Y volví mi mirada a toda la sala.

«¿Y el hombre? ¿A dónde rayos se fue…?», me pregunté, decepcionada.

—Escuché que su nombre es Anastasia Everhart.

Mi pecho subió y bajó con fuerza, e intenté controlarme. Algo hormiguillaba en mi nuca. No tuve que girarme, él llegó a mi frente en lo que pareció una eternidad.

Cuando tuve sus ojos azules contra mis marrones, casi jadeé.

Era él.

—¿Y usted es…?

Intenté mantenerme tranquila. Casi pude verlo sonreír detrás de la máscara dorada. Su presencia me hacía sentir pequeña, en un buen sentido.

—Es mi mansión.

Me sentí avergonzada. Yo solo estaba allí gracias a la insistente invitación de Karen.

—Oh… No lo sabía —logré decir, y desvié la vista hacia la pista—. Cuenta con invitados con talento en el baile, señor.

Él se paró a mi lado, tan cerca que podía sentir su brazo rozando conmigo.

—Es una coreografía repetida. Aburrida.

Reí un poco, nerviosa. Su mirada se enfocó en mis labios, y tragué hondo. De repente la seda de mi vestido comenzaba a asfixiarme, igualmente la máscara sencilla de plumas verdes. Incluso mi cabello rizado suelto picaba en la piel de mis hombros descubiertos.

Apreté el vaso en mis manos.

—Es la primera vez que asiste a una de mis fiestas. La invitó Karen Maroon, ¿no?

Cada palabra suya me erizaba.

—¿La conoce?

—Lo necesario.

—Somos buenas amigas —dije, terminando de beber mi mojito de un trago, y devolviendo el vaso a un mesero que pasaba.

El alcohol quemó mi garganta, hice una mueca, y de repente… sentí la mano del hombre en mi espalda baja.

El calor me recorrió la espalda.

—Tome un trago —ofreció con voz baja.

No pude negarme. Él me dio de beber de su vaso. Su mirada estaba en mí, su mano igual.

Demonios, quería besar esos labios. Y eso comenzaba a asustarme.

Si había tan solo un beso, me expondría demasiado.

Respiré, intentando despejar mis pensamientos.

—¿Pinta usted? Tiene manos de artista…

Miré mis propias manos morenas casi temblorosas. Un pequeño recuerdo me erizó, pero lo controlé.

Tenía oleo en las uñas.

—Sí… ¿y usted? —cuestioné, sin querer que quitara la mano de mi espalda, pero pasó.

El hombre misterioso llevó sus manos frente a mí, mostrándomelas. Pasé la lengua por mis labios. No había visto bien esas manos a distancia. Por todos los dioses.

¿Cómo era posible que sus manos también fueran sexys? Masculinas, blancas, uñas perfectamente cortadas, vellos rubios, venas destacando, pero sin ser delicadas.

—Ahm… Estoy segura que no se ensucia las manos —dije.

Escuché la risa desde su garganta. Me removí inquieta, sintiendo cosquillas en mi abdomen bajo.

—Tiene razón, señorita Everhart. Me dedico a dar órdenes y firmar algunas cosas. Pero le aseguro… —su voz bajó, seductora, clara: —Mis manos pueden hacer cualquier cosa.

Mi respiración aumentó.

¿Era eso una invitación? ¿O solo estaba alucinando por mis hormonas?

Me detuve a pensar mientras observaba sus ojos. No había rastro de chiste. Su mirada era profunda. Quería algo desde que me vio entrar allí. Yo también lo quería. Pero no estaba segura de poder hacerlo, aunque lo necesitara.

—A veces tengo que controlarlas, porque parecen tener voluntad propia —agregó, y no sé por qué, pero asentí—. ¿Quiere conocer el resto de la mansión, señorita Everhart?

Extendió su mano, miré entre ella y sus ojos intensos.

Dudé por un segundo, pero no por él, sino por mí, pues ya sabía lo que pasaba cuando bajaba la guardia.

Había confiado en unas manos antes, pero terminaron azotándome con una correa, una y otra vez...

Sin embargo, mi propia mano voló a la suya, y el toque electrizante me hizo morder el labio. Él me miró.

Hambre.

Como experta en expresar emociones en lienzo, sabía identificar esa mirada.

Mi pasado solía mirarme así.

Escuché un carraspeó de garganta y fue cuando me di cuenta de que estábamos en una segunda planta, observando una de mis propias obras actuales.

En la esquina, estaba mi seudónimo: Stacy.

Suspiré, sintiendo la emoción en mi pecho. Había logrado resurgir, pero los recuerdos me invadieron.

Mis manos… hinchadas, cortadas, temblando.

—Toma el pincel, y vuelve a empezar —demandó la voz fría e impaciente de mi ex esposo, Lucius. Mis manos temblorosas tomaron el pincel. El sótano olía a disolvente, y a infierno. No me atrevía a mirarlo a los ojos. Ya no podía por el miedo—. Tienes doce horas… O te arrepentirás, Ana.

El ardor de mis heridas se mezcló con el terror, pero asentí mientras lo veía partir, dejándome sola en mi lugar de castigo y creación.

Al mirar los lienzos arrugados, recordaba la primera vez. Había pintado un lienzo que él me regaló después de que hicimos el amor en nuestra mansión. Yo, enamorada, extasiada por nuestro encuentro, solo pude expresar mis sentimientos en la obra. Una hermosa pareja fusionada bajo un efecto abstracto, juventud, alegría, sueños, mariposas, la pintura podía verse igual desde todos los ángulos.

La semana siguiente vi mi obra en los tabloides y la televisión bajo su nombre.

—Anastasia, ¿me amas? —cuestionó, después de reclamar lo que había hecho. Lo miré. Demonios. Asentí, entonces él se acercó, tomando mi rostro con ternura, mirándome con brillo—. Mi arte estaba muriendo, necesitaba algo fresco, nuevo, tú me has inspirado. Esta es la última vez que haré algo como eso, ¿de acuerdo? Ahora que los ojos están en mí de nuevo, resurgiré, y todo gracias a ti, y todo tu amor…

Estaba tan enamorada que me cegué, pero cuando mi inspiración comenzó a fallar, las torturas comenzaron…

Y me encontraba en ese sótano, con doce horas para recrear otra pintura sensacional.

Dos años de engaño. Dos años de torturas.

Pero ya no podía más. Temiendo no sobrevivir a otro castigo, encontré un cajetín de electricidad detrás del estante de las pinturas y bajé los interruptores para que las cámaras en la mansión no pudieran captarme.

Y hui. Busqué ayuda con mi profesor de arte, y terminé en Londres.

Cinco años me bastaron para convertirme en lo que el cuadro frente a mí transmitía ahora.

Parpadeé, regresando a la mansión del hombre misterioso mientras mi corazón latía con furia.

—Me encanta el arte de esta mujer —dijo el rubio, perdido en la pintura—. Es como un portal a los sentimientos más primitivos.

Me miró, y me perdí en esa profundidad azulada. Era como un portal que me invitaba a caer sin preocuparme por mi pasado, o el futuro...

Di un paso hacia él, y tomó el control, colocando una mano en mi cintura. Nuestros cuerpos hicieron fricción al estar unidos, jadeé, y de un momento a otro me estaba inclinando hacia la dulzura de lo desconocido.

Mi mente corría. Gritando que me detuviera, pero el toque de sus labios con los míos me hizo entrar en otro plano.

A sus labios. En un beso que hizo encender cada partícula de mi cuerpo, y me gritó que necesitaba sentirme más mujer.

Sabía que me estaba condenando, pero esta vez, si volvía a perderme en un hombre, ya no sería una víctima.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP