—¡Imposible!—gritó Beltaine con una voz quebrada por el dolor, desafiando el tormento de sus propias heridas para alcanzar a su amigo inerte en el suelo. La pelirroja se encontraba en un mar de confusión, incapaz de discernir si la sangre que formaba aquel lago carmesí pertenecía a su camarada o a ella misma—. ¡Bastian! ¿Qué demonios te cruzó por la mente? ¿Por qué? ¡Maldita sea, tú, el más tonto de los tontos!
La pelirroja avanzaba tambaleante, pero su espíritu indomable se negaba a flaquear.