Beltaine abrió los ojos desmesuradamente, un grito mudo se desgarró en su garganta al sentir el abrasador dolor del plomo en su brazo. Se desplomó al suelo, su mirada se clavó en Bastian, quien se llevaba las manos a la cabeza con un gesto de confusión y comenzaba a farfullar:
—¿Qué te he hecho? —exclamó con un gesto de incredulidad, negando con la cabeza mientras se sujetaba las sienes—. ¡Vale, vale, entendido! —apretó el arma aún humeante entre sus dedos—. ¡Prometo que haré lo que me pidas!
E