La noche había caído sobre el parque, y con ella, la quimera descendió de los cielos oscuros. Sus alas, vastas y oscuras como la misma noche, batían con un sonido que recordaba al trueno lejano. Los colmillos de la bestia, afilados y brillantes, destellaban con un brillo mortífero mientras se abrían paso a través de la carne de sus víctimas. La piel de la criatura, un tapiz de plumas negras y escamas duras como el acero, reflejaba la luz de las farolas rotas del parque.
Los humanos, atraídos po