—¡Bastian, carajo! —exclamó Beltaine, su voz cortando el aire como un cuchillo. Observó el rostro de su amigo, desfigurado por el terror, una máscara grotesca de lo que alguna vez fue.
—¿Bastian? —repitió, su ceño se arrugó en una mezcla de confusión y alarma. La preocupación la invadió al verlo tan pálido y mudo, su mano aún aferrada a su brazo con una fuerza desesperada—. ¡Vamos, reacciona!
Los párpados de Bastian batieron como alas de mariposa en tormenta, luchando por separar la pesadilla d