Lylo hizo un gesto con la cabeza, negando su solicitud, y luego habló con voz firme y tranquila.
—Estoy bien, no estoy herida. Esta sangre que me empapa no es mía.
Sus palabras cayeron como una bomba en el grupo, que la observaba con mezcla de alivio y confusión. El silencio que siguió fue tenso, cargado de interrogantes que flotaban en el aire.
El primer colega que había hablado se adelantó, con una expresión de incredulidad en el rostro.
—¿Cómo que no es tuya, entonces de quién es?
Lylo miró