Cuando salió de la habitación, Ashal notó algo extraño en el guardia que caminaba delante de él, así que se detuvo y preguntó con recelo.
—Identifícate.
El hombre se congeló al escuchar la gélida orden y, mirando de reojo, respondió maliciosamente.
—¡Oh! Creo que no pude engañar fácilmente al emperador.
Ashal lo jaló bruscamente para mirar bien al sujeto que lo había engañado y reclamó:
—¿Quién eres? ¿A quién respondes?
—Lo siento, majestad, pero mi misión ya está cumplida —contestó el fa