Adam se llevó las manos a la cabeza. No, aquello no podía estar pasando. Se había desvivido por enseñarle a sus hijos el valor de las personas, explicándoles el cómo debían comportarse y debían tratar a los demás; sin embargo, allí estaba, con la preocupación a flor de piel porque, aparentemente, su primogénito no había aprendido nada de todo lo que había procurado inculcarle a lo largo de su vida.
No, no podía creerlo. No podía ser cierto. Brendan jamás haría algo como aquello, era imposible.