El bufett de la Facultad de Derecho, ese sótano ruidoso con olor a café quemado, tostados de jamón y queso y desinfectante de pino, estaba en su hora pico. Al mediodía, el eco de los cubiertos de plástico y las discusiones sobre fallos de la Corte Suprema formaban un zumbido ensordecedor.
En la mesa del rincón, bajo una ventana alta que solo dejaba ver las ruedas de los autos estacionados sobre la avenida, Valeria Morales revolvía un café en jarrito con un palito de plástico. A su lado, Carla d