268. EXTREMO CUIDADO
El tiempo en la sala de espera parecía detenerse, y cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad para ambos. Fenicio, que había enfrentado peligros inimaginables sin pestañear, se encontraba ahora en un territorio desconocido donde su valor y experiencia poco podían hacer. La espera era una tortura para él, un hombre acostumbrado a la acción y a tener el control.
Mia tomó la mano de Fenicio, entrelazando sus dedos con los de él en un gesto de apoyo silencioso. Quería transmitirle que,