Catalina Stuart
No necesito que Mauricio diga nada. Le basta mirarme para que lo sepa.
Demian no firmará.
Aprieto la mandíbula y siento ese calor viejo, conocido, subir desde el estómago hasta el pecho. El mismo que aparece cuando alguien intenta decidir por mí. Cuando me mienten “por mi bien”.
—Así que sigue creyendo que puede manejarme —digo con una calma que no engaña a nadie.
Mauricio suspira, cansado.
—Caty…
—No —lo corto—. No me defiendas lo indefendible.
Camino de un lado a otro del desp