Mariana Carbajal
Al llegar a casa me refugié en la habitación. El agotamiento me venció en cuestión de minutos, sumergiéndome en un sueño profundo.
Unos suaves golpes en la puerta me arrastraron de vuelta a la consciencia.
—Mariana —la voz de la señora Amalia se coló con suavidad—. Traje comida.
La puerta se abrió con cuidado y el aroma cálido del plato que sostenía terminó de despertarme. Mi estómago respondió de inmediato con un leve gruñido.
—Espero que te guste —añade con una sonrisa—. Ven,