La luz del sol de Connecticut se filtraba de manera impertinente por las rendijas de las cortinas de seda, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire de la habitación de Ava. El despertador ni siquiera se había atrevido a sonar, pero el calor humano y el enredo de sábanas blancas eran aviso suficiente de que la mañana había llegado para reclamar lo que la noche les había permitido robar.
Lucas se removió, sintiendo el peso delicioso de Ava sobre su pecho. Tenía el cabello rojo hecho