Un odio delicioso

Parecía que la quijada de Mike se había desencajado de su lugar.

Fue incapaz de cerrar la boca, estupefacto, hasta que Chris volvió a hablarle con una calma exasperante.

—Doc, ¿me has escuchado?

—Chris, no sabes lo que estás haciendo —tartamudeó Mike, recuperando el habla—. ¿Acaso no acabas de escuchar lo que dije sobre ella? Es una criminal.

—Yo no tengo problemas auditivos, doc —respondió Chris, arrastrando las palabras con peligro—. Además, te hice una pregunta. Es para que me respondas, no para que me hagas otra. Supongo que, si ya no estás con ella desde hace tanto tiempo, no te molestará que ella y yo nos divirtamos juntos, ¿no?

Mike tragó saliva, mirando la mano de Chris que aún descansaba cerca de Leila.

—No... no tengo problemas con eso. Ella no significa nada.

Chris sonrió con pura arrogancia, inclinando un poco la cabeza.

—Bien. Porque juraría que te había visto apretar la mandíbula.

—He dicho que no tengo ningún problema —escupió Mike, inyectando veneno en su voz—. Leila no es más que una perra fría, estéril y sin valor. No es una mujer de verdad.

Leila no podía creer lo que estaba escuchando. Se le heló la sangre.

Era la segunda vez en la noche que su exesposo la degradaba de esa manera tan despectiva, pisoteando su dignidad frente a extraños.

Una furia ciega, nacida desde lo más profundo de su ser, tomó el control.

Sabiendo que Chris la detendría si intentaba abalanzarse sobre él, Leila tomó otra ruta.

Miró fijamente a Mike a los ojos y, con todo el desprecio que acumuló en cinco años de prisión, le escupió directo en la cara.

La ira se tatuó instantáneamente en el rostro de Mike. Toda su cara se tiñó de un rojo violento y las venas de su frente se hincharon a punto de explotar.

—¡Maldita zorra! —rugió.

Se abalanzó sobre ella con las manos extendidas, dispuesto a ahorcarla, pero los dos imponentes hombres de seguridad de Chris se movieron como sombras y lo detuvieron en el aire, luxando sus brazos hacia atrás.

—¿Tus títulos de medicina son solo para presumir? —intervino Chris. Con total parsimonia, sacó un pañuelo de tela de su saco y se lo extendió a Mike para que se limpiara—. Incluso un hombre como yo sabe que las mujeres son mucho más que incubadoras de bebés, doctor. Por lo que estoy viendo, Leila tiene fuerza, lealtad y dedicación. Aunque es una lástima que las haya desperdiciado en un tonto como tú.

Mike jadeaba, atrapado. Estaba a punto de estallar, pero no se atrevió a mover un solo músculo; los hombres de Chris lo sujetaban con una fuerza descomunal que amenazaba con romperle los huesos.

Eso no impidió que Chris continuara torturándolo verbalmente. El mafioso se giró hacia la mujer que tenía a su lado.

—¿Ves sus hermosos ojos, Mike? —susurró Chris, recorriendo el rostro de Leila con la mirada—. Tanto fuego y rabia. Qué odio tan delicioso emanase de ella. Pero estoy seguro de que hubo otra cara de la moneda, ¿cierto, Leila? No siempre sentiste este odio hacia él. Para odiar con tanta intensidad, debiste haber amado de la misma manera.

Leila sostuvo la mirada gris y penetrante de Chris. El aire entre ellos se volvió denso.

—Eso fue hace mucho tiempo —contestó ella, con la voz firme—. Ya no soy capaz de recordar otro sentimiento por él que no sea el más absoluto desprecio.

Al escuchar eso, los ojos de Chris brillaron con una chispa peligrosa.

Sin previo aviso, la tomó firmemente de la cintura y la atrajo hacia su regazo de un solo tirón.

Leila dejó escapar un gemido bajo y contenido cuando el impacto la estrelló contra el pecho de acero del magnate.

Los dedos de Chris se clavaron en su cabello oscuro, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la delicada línea de su cuello.

Chris se inclinó. La punta de su lengua recorrió lentamente la garganta de Leila, desatando un escalofrío que la hizo temblar.

En algún lugar de la habitación, se escuchó un grito estrangulado de indignación por parte de Mike.

—Hueles tan bien... Incluso puedo saborearte —murmuró Chris contra su piel.

Leila sabía que todo aquello era parte de un juego retorcido para desquiciar a su exesposo, pero estaba más que dispuesta a jugarlo.

Si eso suponía arruinar la cordura de Mike y, de paso, experimentar la hipnótica y oscura vibra de Chris, no iba a luchar en contra. Era demasiado tentador.

Chris la levantó por los muslos con una facilidad pasmosa, haciéndola girar hasta que quedó sentada a horcajadas sobre él, de frente a su rostro.

Su voz bajó a un susurro seductor, modulado con el tono justo para que Mike escuchara cada palabra.

—Él piensa que eres frígida... pero apuesto a que el señor inútil nunca supo cómo hacer que tu cuerpo cantara.

—¡¿Pero qué demonios se supone que estás haciendo, Chris?! —bramó Mike, forcejeando inútilmente.

Los guardias le aplicaron más presión en las articulaciones. Una advertencia silenciosa de que podían romperlo ahí mismo.

—Yo que tú, me relajaría un poco, Mike —le soltó Chris, sin quitarle los ojos de encima a los labios de Leila—. Además, solo estoy diciendo la verdad. Analizando todas las posibilidades médicas.

—Bien. ¿Quieres a esa bruja rígida y sin vida en tu cama? Adelante, quédate con las sobras —escupió Mike, tratando de salvar lo que quedaba de su orgullo—. Pero recuerda una cosa, Chris: ella fue mi esposa primero. Yo la conozco mejor de lo que tú jamás la conocerás.

Esas palabras rompieron el embrujo en el que Chris tenía sumergida a Leila. La realidad la golpeó y se giró hacia el monstruo que la había encerrado en prisión.

—Cierra la boca, Mike. Nunca me conociste —sentenció Leila, con una sonrisa gélida—. Cada vez que tuvimos sexo en ese matrimonio, tuve que fingir todos y cada uno de mis orgasmos.

Aquella confesión fue la gota que derramó el vaso.

El rostro de Mike se desfiguró por completo. Rompiendo en un grito primitivo, logró zafarse un milímetro para abalanzarse sobre la pareja, pero antes de que pudiera dar un paso, los hombres de seguridad lo taclearon y lo tumbaron de bruces contra el suelo.

—¡Eres una maldita zorra! ¡Una maldita convicta! —gritaba Mike desde el piso, con la mejilla aplastada contra la alfombra.

Una carcajada profunda y genuina brotó del pecho de Chris. El sonido llenó el reservado VIP. Se estaba divirtiendo de lo lindo a costa de la miseria del médico.

—¡¿De qué cojones te ríes?! —chilló Mike, fuera de sí—. ¡Voy a acabar contigo! ¡Voy a...!

Antes de que pudiera terminar la amenaza, uno de los guardias le plantó una patada certera en las costillas.

El impacto seco le sacó todo el aire de los pulmones, dejándolo de rodillas y jadeando.

—Ten cuidado, doc —advirtió Chris. Su tono divertido desapareció, reemplazado por una voz tenebrosa que hizo que los vellos de los brazos de Leila se erizaran—. Quizás sea yo quien acabe contigo primero.

Sin necesidad de recibir una orden verbal, los hombres arrastraron a Mike como si fuera una bolsa de basura fuera del lugar, cerrando la puerta tras de ellos.

El silencio cayó sobre el reservado. La atmósfera cambió por completo, perdiendo el juego y volviéndose tensa de una manera diferente.

Chris rodeó la cintura de Leila y, con movimientos firmes pero caballerosos, la ayudó a ponerse en pie, liberándola de su regazo.

Él se levantó, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un fajo grueso de billetes de alta denominación. Los arrojó con indiferencia sobre la mesa de centro.

—Toma lo que sobra de la cuenta y vete de aquí —le dijo, con el rostro serio y la mirada fría—. Este no es un lugar para ti, Leila.

Ella miró el dinero y luego a él, acomodándose el uniforme del club.

—Es más fácil decirlo que hacerlo, señor Laurie —replicó, con un deje de amargura—. Algunos tenemos cuentas urgentes que pagar. Además, tengo un turno que cubrir mañana aquí dentro.

—Déjame eso a mí, yo lo solucionaré con la gerencia. Pero vete a casa hoy.

—Aunque no lo crea, las cosas no son tan sencillas para los simples mortales. Necesito este trabajo.

—No te preocupes por el trabajo, yo te ayudaré —insistió él, dando un paso hacia ella—. Ahora, sal de aquí.

Leila lo miró con duda, mordiéndose el labio inferior.

El espacio entre los dos seguía vibrando con una electricidad peligrosa. Ella extendió un dedo, señalando el espacio que los dividía.

—¿Y qué hay de esto? —preguntó, haciendo una clara referencia a la innegable tensión sexual que acababa de estallar entre ambos.

Chris la observó fijamente por unos segundos, indescifrable.

—Lo mejor que puedes hacer es olvidarlo. Por tu propio bien —sentenció en voz baja—. No te traeré nada bueno, Leila.

Ella asintió lentamente, asimilando la advertencia. No dijo una sola palabra más sobre el tema. Se acercó a la mesa, tomó el fajo de billetes y caminó hacia la salida.

Sin embargo, antes de tocar el pomo de la puerta, se detuvo. La curiosidad pudo más que ella.

—¿Qué clase de negocios ibas a hacer con Mike?

—Él quería a mis hombres. Y mi influencia —respondió Chris, sin moverse de su sitio.

—¿Influencia? ¿Para qué querría Mike algo así? Es cardiólogo, por el amor de Dios.

Chris clavó sus ojos grises en ella una última vez.

—Leila... te conviene no saberlo.

Ella tragó saliva, percibiendo el peligro real detrás de esa frase.

—De acuerdo. Pero... ¿harás el trato con él?

—Claro que no —Chris esbozó una sonrisa torcida—. Como tú misma dijiste, es un mentiroso y un desleal. Yo no hago tratos con traidores.

Un alivio inmenso recorrió el pecho de Leila. Asintió por última vez y abrió la puerta. Antes de salir, lo miró de reojo.

—Nos veremos por ahí, señor Laurie.

Chris la vio salir, murmurando para sí mismo cuando la puerta se cerró:

—Eres una buena persona, Leila. Y las buenas personas no deberían mezclarse en este desastre.

Leila caminó por el pasillo del club con el corazón acelerándose a mil por hora.

Se marchó de allí sin saber que, a partir de esa noche, le sería absolutamente imposible olvidar a Chris Laurie.

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