—Dios mío, Leila… ¿de verdad es ella? —preguntó Daisy en un susurro ahogado.
Dejó caer su cartera sin ningún cuidado junto a la puerta del pequeño departamento y se quedó estática, contemplando con los ojos muy abiertos a la niña que dormía plácidamente acurrucada en el regazo de su amiga.
—Sí, Daisy, es ella —respondió Leila con una sonrisa amplia, una de esas sonrisas que no le habían cabido en el rostro desde hacía años.
Sentada en el gastado sofá de la sala, Leila sentía que el peso de los