Un gruñido bastante audible y profundo emanó de repente del estómago de la pequeña, rompiendo la burbuja de emotividad que se había instalado en la sala del departamento.
La niña se encogió un poco de hombros, apenada por el sonido, pero no apartó la mirada de Leila.
—Si la señorita Leila va a ser mi mamá a partir de ahora… ¿puedo llamarla mami? —preguntó Emily con una timidez que conmovería al corazón más duro.
Los ojos de Leila se anegaron en lágrimas instantáneamente, sintiendo un vuelco ta