En cuanto el último cliente de la hora del almuerzo cruzó la puerta con una bolsa llena de postres y una sonrisa de satisfacción, el silencio regresó a la panadería.
Leila se apoyó contra el borde de la madera, exhausta pero con el corazón latiendo a un ritmo mucho más aliviado.
Miró la vitrina de cristal y, por primera vez en una semana, admiró su mostrador de pastelería casi por completo vacío.
Las bandejas de acero, que antes acumulaban polvo y pérdidas, ahora lucían relucientes, despojad