La luz tenue y dorada de la mañana comenzó a colarse por los bordes de las cortinas pesadas, dibujando senderos de polvo flotante en la penumbra de la habitación.
Leila abrió los ojos despacio, sintiendo el peso reconfortante de las cobijas y la calidez tibia de la pequeña figura que descansaba a su lado.
Se giró con cuidado para no hacer ruido y contempló a Emily, quien todavía dormía profundamente, con la boquita ligeramente entreabierta y un mechón de cabello castaño pegado a la frente.
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