—¡Por favor, Chris! ¿Qué crees tú? —la respuesta de Leila salió en un tono de voz molesto, cargado de una frustración vibrante que resonó en la amplitud de la sala.
¿Cómo se atrevía a preguntarle semejante desfachatez después de todo lo que habían hecho apenas unas horas atrás en la penumbra de su coche, escondidos en el estacionamiento del hospital?
Simplemente no tenía el menor sentido.
Para Leila, resultaba evidente que Chris solo le estaba haciendo esa pregunta para alimentar su ya de por