El silencio dentro del lujoso vehículo de Chris se sentía denso, casi asfixiante, roto únicamente por el ronroneo constante del motor y el murmullo de la ciudad que se deslizaba a través de las ventanillas tintadas.
Después de que Leila se despidiera con el corazón destrozado en la fría habitación del hospital, Chris la había guiado con firmeza hacia el estacionamiento y, sin pedir explicaciones, la había subido al auto para llevarla de regreso a su departamento.
Leila apoyaba la cabeza contra