Valeria despertó con un dolor agudo e insoportable que le martillaba las sienes. Soltó un gemido ahogado e instintivamente, llevó su antebrazo hasta su rostro, cubriendo sus ojos de la luz del día que se filtraba por las cortinas.
—¡Maldición! —se quejó, apretando los ojos al recordar las múltiples copas de licor que había ingerido. Había sido una mala idea, una muy mala idea.
Además, tenía la boca demasiado seca, como si hubiera pasado semanas sin beber una sola gota de agua.
Con un enorme esf