Al final mis pies no tocaron el suelo, me sentó en un escritorio, agarro mi cabeza entre mis manos. Todo me da vueltas y un fuerte dolor palpita en mi sien, en eso siento las manos de Santiago encima de las mías.
—¿Estás bien...? —sus manos están calientes no quiero mirarlo a los ojos—, vamos Sahily, responde.
—Sí, sí. ¿Para qué me traes aquí? Apartó sus manos y miro hacia otro lugar. El salón está vacío y la puerta cerrada.
—Para hablar —Se encoge de hombros y sigue mirándome con sus jodidos o