ISABELLA
No recuerdo cuánto tiempo llevaba sentada en aquellas escaleras cuando sonó mi teléfono. La mansión estaba tan silenciosa que el sonido me hizo sobresaltarme.
Durante los últimos días me había acostumbrado a aquel silencio incómodo. Ya no había empleados recorriendo los pasillos, ya no se escuchaban conversaciones en la cocina ni el ruido constante de personas entrando y saliendo de las oficinas. La casa era demasiado grande para una sola persona y comenzaba a parecerse más a un edific