DAMIÁN
El agua caliente caía durante más tiempo del necesario, pero no lograba despejarme del todo. La cabeza seguía pesada, aunque ya no era el alcohol lo que incomodaba.
Cerré la llave, apoyé las manos contra la pared un segundo y dejé que el silencio del baño me envolviera.
Cuando salí, con la toalla todavía sobre los hombros, la habitación me devolvió una imagen que no esperaba: Isabella no estaba.
Al principio no pensé demasiado en ello. Podía estar en cualquier parte del hotel.