Carlos me vio acercarme y simuló levantarse para ir conmigo de regreso al dormitorio.
Lo sujeté del hombro, obligándolo a quedarse sentado mientras yo me recostaba sobre él, como si él me estuviera cargando.
Extendí los brazos para quitarle el teléfono de las manos, y fue entonces que noté que su pulsera, esa que solía llevar siempre en la muñeca, ya no estaba.
—¿Y tu pulsera? —le pregunté.
Él levantó la muñeca, mirándola, y al bajarla me dio unas palmaditas en el brazo, —Hace bastante que d