Carlos y yo jugamos un rato en el estacionamiento subterráneo antes de subir a su coche, impulsados por el hambre y la sensación de mareo.
Aunque ya era un poco tarde, la calle comercial aún estaba llena de gente.
Las luces de neón parpadeaban sobre los edificios de diferentes colores, emanando un aire de prosperidad y desenfreno.
Carlos, en algún momento, había reservado la parte más alta del restaurante giratorio más exclusivo de la ciudad.
Recordé lo que Ana me había dicho en la e