Ronan llegó a la mansión con el cuerpo aún cargado de tensión, el sudor pegado a su piel y el olor del bosque adherido a cada fibra de su ropa. Había corrido más de lo necesario, como si la distancia entre él y Lyra pudiera medirse en ansiedad en lugar de kilómetros. La necesidad de verla, de comprobar que seguía allí, era un ancla que lo arrastraba con fuerza brutal hacia casa.
La encontró exactamente donde esperaba.
Sentada en la sala, con las piernas encogidas sobre el sofá y un libro abie