El silencio no fue natural.
Fue violento.
Como si el universo entero hubiera sido arrancado de su eje y obligado a congelarse en un instante de agonía pura. La luz dorada del capullo de Lumen seguía expandiéndose desde el centro del altar, cálida, pura, vibrante de vida renovada, pero ahora parecía una burla cruel.
Un resplandor sagrado que iluminaba la tragedia con una claridad despiadada, como si la primavera misma se burlara de la muerte que acababa de nacer en su seno, Ronan no veía la