Aleckey alzó el rostro, olfateó el aire y echó a andar con pasos seguros. Su mirada se fijó en el oeste.
—Hay un lago no muy lejos —murmuró—. Si no me equivoco, todavía debe estar oculto entre los sauces. Lo usábamos como punto de descanso en las antiguas cacerías.
Calia lo observó de reojo mientras limpiaba una herida leve en el antebrazo de una de las guerreras. El alfa todavía respiraba con pesadez, su piel cubierta de marcas y sangre ajena. No obstante, se mantenía firme, imponente.
El grup