34. Verás morir a los tuyos una y otra vez.
La loba blanca no contestó a la pregunta de Bleid, pero se acercó a él sin ningún miedo, y frotó su hocico contra él en un gesto cariñoso al cual Bleid no pudo responder, no porque no quisiera, sino porque ya había caído en la ausencia absoluta, perdiendo el sentido y quedando tendido en el suelo mientras un extraño sueño iba invadiendo y adueñándose de su subconsciente.
— El crimen que cometiste esta noche es imperdonable.
Se dejó escuchar en ese profundo claro del bosque una voz femenina, era