DELLA.
El sol apenas comienza a asomarse en el horizonte cuando ayudo a Annika a alistarse para la escuela. Su energía matutina contrasta con mi cansancio, pero no puedo evitar sonreír al ver su entusiasmo. Aunque esta casa me asfixia, Annika es como un rayo de luz en medio de la tormenta.
—¡Della, vamos a llegar tarde! —me apura, moviéndose de un lado a otro con su mochila.
—Tranquila, princesa, aún tenemos tiempo de sobra —le digo, ajustándole un mechón rebelde de cabello detrás de la oreja.